A bote pronto

Ter Stegen se convierte en el primer atacante

Cuando uno era mozalbete había muchos menos instalaciones deportivas. En tal situación deficitaria, servían las calles de las ciudades, despejadas de vehículos, para improvisar un partido de fútbol, recurriendo a piedras o a las carteras con los libros (no había mochilas) para improvisar las dos porterías.

Nadie quería jugar de portero por la poca participación en el juego y los niños menos dotados en el manejo del balón eran los más señalados por los líderes de grupo para ocupar esa posición maldecida. Ocasionalmente, había alguna niña que se prestaba para esos menesteres. No en los colegios en que la separación por sexos era obligatoria tanto en las aulas como en el patio de recreo.

Con el paso de décadas y cambio de siglo, la concepción sobre la figura del cancerbero ha mutado exponencialmente en el fútbol profesional. Contribuyó a ello el cambio del reglamento que les obliga a jugar con los pies cualquier balón que provenga de una cesión de sus compañeros, a excepción si es de cabeza o con la zona pectoral.

A partir de entonces, los entrenamientos de los porteros, al margen de su especificidad con las manos, también requieren de un adiestramiento con los pies. Antaño, los guardametas mostraban una lacerante torpedad en el manejo del balón, hasta el punto que era común que, en los saques de portería largos, porque prevalecía el criterio de alejar el balón de la puerta lo más lejos posible del marco propio, los lanzase un defensa bajo esa premisa.

Johan Cruyff fue el primer técnico de alto nivel que aleccionó a los guardametas y les exigió nuevas responsabilidades. Ello perjudicó a un portero tradicional como Andoni Zubizarreta, excepcional en el modelo conceptual anterior y benefició a Carles Busquets, padre de Sergio Busquets, un arquero que dominaba el juego de pies, aunque era mucho más vulnerable bajo palos. 

Antiguamente los gatos tenían la misión de cazar ratones, ahora solo son seres de compañía, por lo que se les valora por su docilidad y belleza singular. A semejanza, cada vez se merita más a los porteros por habilidades no tan esenciales a su función primigenia. Se les exige que se erijan en los primeros constructores del juego y que muevan el balón con criterio para establecer ventaja numérica cuando les aborda el delantero.  

Si hay un portero en LaLiga que define a la perfección las nuevas funciones es Ter Stegen, futbolista ambidextro que tiene temple y habilidad para jugar el balón con criterios creativos. A veces, apura la cesión en corto del balón hasta la extenuación, buscando al jugador libre de marca. Esta ralentización del juego se ha tornado sistemática con la llegada al banquillo de Quique Setién y provoca alguna muestra de desaprobación de la grada del Camp Nou que reclama un mayor dinamismo, ya que el fútbol tampoco puede equiparse a un tablero de ajedrez. 

Marc-André ter Stegen encarna la nueva figura del portero ideal. Llegó al FC Barcelona procedente del Borussia Mönchengladbach y costó doce millones de euros. El mérito exclusivo del fichaje fue del entonces director deportivo Andoni Zubizarreta. Ahora está en tratos con el club para ampliar su contrato y las exigencias pecuniarias están en línea con la cotización del jugador en el mercado. Todo parece indicar que las gestiones se llevarán a buen fin. O así piensa nuestra pluma.

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