A bote pronto

A remolque de la providencia

La información especializada, como la deportiva en nuestro caso, se ha ido amoldando a la realidad que nos circunda, atendiendo que la preocupación del cliente receptor ha dado un giro copernicano. 

Estamos en un impasse, en plena invasión del coronavirus que reparte dramas y angustias por doquier, en una geolocalización que trasciende fronteras políticas y naturales. Mientras en la China, país original de la bacteria el mal se va diluyendo, en Europa sigue estigmatizando a la población que, diariamente, recoge estadísticamente el número de bajas. Asimilándolo a una guerra, incluso en la tipología del lenguaje que trata de soldados a los agentes solidarios.

La expansión ha tomado suelo americano y los EE.UU. también desertizan sus calles, más deprisa que su espacio aéreo, aún sometido todo el transporte a la dinámica comercial. Uno cavila sobre el drama que puede acaecer en el subcontinente sur americano si ese virus maldito se expande, con muchos países en muy precarias condiciones para hacerle frente, lo que multiplicaría exponencialmente el registro mortuorio.

Bajo esa incertidumbre vital se mueve el planeta y muchos tratan de evadir el problema, con apariencia de normalidad fingida. En nuestro caso, la información deportiva, en ausencia de análisis resultadistas se basa en las especulaciones de futuro, siendo inviable la información contrastada.

Las autoridades deportivas del fútbol, la UEFA en el continente europeo o la FIFA en la órbita mundial, siguen en la interesada inopia, donde las urgencias pasan por delante de la importancia de las decisiones sabias. O lo que es lo mismo, el interés económico se sobrepone a la tangible realidad perturbadora.

Es cierto que estamos ante un escenario novedoso que ninguno de los pensantes había programado para su reglamentación. No estaba previsto el volumen catastrofista que daña tantos intereses deportivos y económicos en juego. 

Es obligado reprogramar las actividades y cerciorarse de las evidencias. Si ayer viste una película que no te complació, no puedes evitar el pasado; solo poner remedo en la elección de la próxima. Quiere ello decir que no puedes remar contra la corriente del río. 

La evolución del mal causado obliga a pasar de la fase de aplazamientos a la de suspensiones. La temporalidad tiene márgenes finitos que se están cumpliendo.

Mareando la perdiz, se sigue especulando en tanto en cuanto la zozobra permanece vigente. Llegamos a la fase de la toma de decisiones. Así, Bélgica se ha rendido a la evidencia y ha declarado su campeonato finiquitado designando campeón al líder Brujas, para disgusto de la UEFA. Ejemplo que parece seguirá la liga holandesa, compañera territorial del eje Benelux.

Es una decisión que favorece al campeón y a los equipos que, en posición de descenso, eluden el peligro. En el caso hispano, la aplicación beneficiaría al líder y campeón actual FC Barcelona y a los equipos de Espanyol, Leganés y Mallorca que, situados en la clasificación en posiciones de descenso, salvarían la categoría.

En un afán de impartir justicia, hay quien clama para que los equipos destacados de Segunda División, Cádiz y Zaragoza, sean ascendidos, con lo que nos iríamos a una liga de 22 equipos. Todo lo contrario de lo que preconiza la UEFA, alertada de la copiosidad de los calendarios.

Esta posible situación nos retrotrae a 1995, donde las autoridades federativas españolas aplicaron la Ley del Deporte para exigir el aval del 5% de los presupuestos. Condición que no cumplieron Sevilla y Celta, a los que, administrativamente, descendieron a Segunda División, para beneficio del Valladolid y Albacete que habían perdido su derecho en la liga y fueron condonados. 

La fuerte presión ejercida, obligó a que la Federación Española se retrotrajera en una Asamblea extraordinaria. De tal suerte, que se convino una liga de 22 equipos para el curso 1995-96, que aún duró una temporada más hasta que se regularizó.

La fuerza de los acontecimientos dictará resoluciones futuras, por ello no debe ponerse la venda ante una herida que no se sabe el grado final del impacto social. Cuando la humanidad supere esta crisis, habrá más ganas de recuperar la normalidad.  

En el entretanto, apliquemos criterio, que no pasa por actuar como los músicos del Titanic. La vida no sigue igual, hay fractura y, admitiéndolo, pondremos la primera piedra para resarcirnos. O así piensa nuestra pluma.

@albertgilper

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