A bote pronto

Llega un “cruyffista” al Camp Nou

La destitución de Valverde es la crónica de una muerte deportiva anunciada. Josep Maria Bartomeu el curso pasado desoyó la opinión de muchos miembros de su Junta directiva y abogó por la renovación del entrenador por uno año más y opción a un siguiente.

Fue un golpe de efecto que sorprendió a muchos que aventuraban que el ciclo del extremeño había concluido. Es difícil nadar contracorriente y valga la metáfora para medir el estado de incomodidad que tuvo que trascender el técnico con gran parte de la opinión pública y publicada en contra de su metodología.

Su palmarés en el banquillo del Barça está por encima de la media que marcaron sus 57 entrenadores que le precedieron. Ganó las dos ligas completas que estuvo al frente y le retiran del cargo dejando al equipo líder del campeonato, además de clasificado imbatido para los octavos de final de la Champions League.

No es nada nuevo que se despida a un entrenador si las expectativas no se cumplen. Incluso tampoco si se es líder, pues ya le pasó a Radomir Antic entrenando al Real Madrid en el mes de enero de 1992.

A Valverde le computaron más los fracasos que los éxitos. Los fiascos se magnificaron por su imprevisibilidad tras dos magníficos resultados en el Camp Nou en los partidos de ida en cuartos y semifinales europeas.

Se cayó con estrépito en el estadio Olímpico de Roma por tres a cero, haciendo inútil una ventaja de 4-1, curso 2017-18 y se volvió a producir otro batacazo la temporada 2018-19 en Alfield con un sonrojante 4-0 que superó la renta de tres goles obtenida en el Camp Nou.

La afición ni olvidó ni perdonó estos dos descalabros y estaba escrito que era una factura pendiente a pagar en diferido por el técnico. Bajo una presión que ha resultado insoportable Valverde encaró esta tercera temporada donde se han subrayado más las diferencias de criterio.

El liderazgo evitó tensiones mayores, pero los dos resultados de empate en el “clásico” y en el derbi barcelonés hicieron mella en el sentimiento culé que vio como el Real Madrid le superaba en juego y que el colista Espanyol, que no ha ganado ningún partido de liga,  les privara de la victoria.

El desencadenante de la eliminación de la Supercopa de España se corresponde con la suma de decepciones. Curiosamente, un partido en que el FC Barcelona fue superior al Atlético y desplegó los mejores minutos de la temporada. Sin embargo, tuvo en el VAR un adversario implacable que advirtió dos fueras de juego milimétricos para anular dos goles a Messi y Suárez, pero que no intervino para señalar dos penaltis favorables cometidos sobre Samuel Umtiti y Arturo Vidal, aunque sí para desconsiderar otro por una mano de Gerard Piqué.

Valverde, como en Roma y Liverpool, no estuvo diligente en la dirección del partido. Simeone le ganó la partida y movió mejor el banquillo, gestionando el “timing”. Hubo un hundimiento físico y el entrenador, ganando en el gramo final por 1-2, no dispuso de más músculo en el centro de campo y mantuvo el “tridente” arriba. El Atlético en pocos minutos le advirtió seriamente en cuatro aguijonazos, dos de ellos mortales para revertir el resultado.

Diecisiete años después de que Joan Gaspart echara a Van Gaal (curso 2002-03) Bartomeu repite con Valverde. Había suficientes signos de agotamiento del proyecto para haberlo previsto con anterioridad, no procediendo a la renovación un tanto contra natura.

Este despido, feo en las formas como bien denuncia Andrés Iniesta, queda en el debe del presidente Josep Maria Bartomeu, que si ejerciera la autocrítica podría tomárselo como el fracaso de su apuesta personal.

Llega un nevo entrenador sin pasado barcelonista, pero con unos referentes señalados de admiración a la apuesta blaugrana que van desde Cruyff a Messi. Es un fichaje con fecha de caducidad de junio 2022, pero que puede acortarse a conveniencia con indemnización económica de por medio.

Han vuelto a fallar las formas y la permuta en el banquillo resultaba obligada, tras dejar al técnico desautorizado, al negociar a sus espaldas con Xavi y Koeman como alternativas.

Se va Ernesto Valverde, dolido con la directiva y con las críticas contumaces que ha padecido a cuentas del estilo de juego y de dos malos resultados, imborrables en la memoria culé. Por su prudencia proverbial y por las condiciones contractuales no hará ruido mediático.

Nuestro respeto a la integridad profesional de Ernesto Valverde al que el tiempo, las urgencias y el peso de las figuras sobre el campo le fueron mermando su autonomía en la toma de decisiones. O así piensa nuestra pluma.

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