A bote pronto

La pandemia no ha llegado al “pico”

El Covid 19, la peste versionada del siglo XXI, está frenando al mundo. Las tragedias humanas van in crescendo y las repercusiones económicas son imprevisibles a fecha de hoy. Entre otras razones, por la más dramática de todas, que resulta de la constatación de que no se sabe la fecha finalista y que su propagación se extiende, rompiendo fronteras terrestres y marítimas.

La actividad ordinaria del mundo se ha frenado bruscamente y todo gira en busca de obtener respuesta eficaz al mal y el paliar las condiciones de salud de la población afectada, procurando minimizar las bajas. Todo ello bajo esas premisas de activar los servicios esenciales con la mejor asistencia médica posible y cubrir las demandas de mantenimiento alimentario de la gente.

El grueso de la población está recluida a casa por orden mayoritario de los Gobiernos, si bien esos servicios mínimos requieren de mucho personal. Para llevar a cabo la cadena alimentaria se necesita que ganaderos, pescadores y agricultores cumplan con su misión recolectora, al tiempo que se requiere de la industria para el tratamiento de esos nutrientes, que muchos de ellos incluyen el envasado o el enlatado u otros procesos de maduración y manufacturación. Se precisan de los comercios y sus dependientes que expidan esos productos.

Además de ello, se ha de reforzar el contingente de los servicios de orden, la cobertura del transporte y personal de reparaciones de averías urgentes. Hay que sumar los reponedores de dinero (sector bancario) y de combustible.

Y, por supuesto, el esfuerzo ímprobo y mancomunado de toda el área sanitaria, que incluyen a las farmacias para la dispensación de medicamentos.

Nos movemos en esa incertidumbre, que genera temor, ansiedad y precariedad, de poner fecha a la normalidad, sabedores que hay que establecer una barrera protectora. Probablemente, la vuelta a la rutina será gradual y las órdenes restrictivas darán paso a recomendaciones más suaves que aconsejen más precauciones al personal de más riesgo calculado, ya sea en razón de edad o por su situación inmunológica.  

Nuestros más mayores son los más desprotegidos. Corresponden a aquellos que nacieron en fecha de la incivil guerra española o en los primeros años de la larga posguerra. Sufrieron miserias y privaciones y muchos de ellos, están poniendo colofón a sus vidas por este virus cruel que no permite despedirse con el calor humano de la mano de los seres queridos a los que le está vetado el acompañarles en el traspaso. Se corresponden con una generación muy sacrificada.

Cobra similitudes con la llamada “Gripe española” que a finales de la segunda década de la centuria pasada se cobró más de cuarenta millones de muertos en todo el orbe. Ocurrió en las fechas bélicas de la Primera Guerra Mundial en la que España se quedó al margen, pero aglutinó toda la información sobre la enfermedad y se le atribuyó el referencial geográfico. Se cree que tuviera origen en la China o en algún país de la Asia Central. En el área de Barcelona los muertos superaron las cien mil personas.

Las cifras no deberán tener paralelismo con las que se manejan en el actual proceso vírico, pero las consecuencias devastadoras sí pueden tener unas similitudes. Es obligación de los gobernantes predecir los acontecimientos y evitar el caos.

Se cumplen dos semanas de encierro doméstico y muchos se tienen que reinventar para controlar estados de ánimo. Ayuda mucho la tecnología. En los lares que hay gente más instruida en el manejo de estas herramientas y que han tenido acceso económico a ellas, gozan de unas variantes que amplían la oferta televisiva. Se pueden ver plataformas audiovisuales, televisión a la carta, acceder a redes sociales. 

A través del whatsApp puedes conectar con gente de forma audiovisual, que, incluso permite conexiones múltiples on line. Igual que la utilización del skype te permite la presencia virtual en otros lugares. Por medio de internet alcanzas todo el abanico posible de información, ocio y conocimiento. 

Estos instrumentos, de aparición en los últimos decenios, nos permite sobrellevar mejor este aislamiento forzoso. A lo peor, para volver a socializarnos, necesitamos de un período de readaptación, una pretemporada a modo de la que se verán obligados a efectuar los deportistas para recuperar la puesta a punto.   

Me refería Antonio, un amigo de Madrid, que él trata de hacer vida normal en lo que le es permisible. Sustituye el gimnasio por el salón acondicionado al ejercicio estático y dinámico, el puesto en la oficina por el despacho doméstico. Aplica con rigor un horario de obligaciones similar al ordinario y para que sea más visible en horas de consumo laboral viste de calle, incluyendo zapatos de suela. Ello me recuerda a una famosa escritora que decía para poder concentrarse en la escritura, ante la máquina de escribir Olivetti, tenía que calzar zapato de tacón y pintarse los labios.

Por el contrario, una “faceamiga” y en tiempos colaboradora nuestra en la web del planetaDeporte.es, me afirma que han cambiado sus hábitos, que en esta segunda semana de cautiverio se le han descontrolado los horarios de comida y sueño y su cambio de vestimenta se reduce al chándal por el pijama en horas diurnas. 

Obviamente, le aconsejé la metodología de Antonio como mejor reclamo para subsistir con las menores alteraciones posibles. También me permití aconsejarle que desconectara un tanto de la información puntual y que la concentrara en algún informativo referente para estar al corriente, pero sin que tuviera una sobresaturación que produce desgarro y depresión. 

O así piensa nuestra pluma.

@albertgilper

Facebook:  Barça universal

www.planetaDeporte.es