A bote pronto

Deporte y política

La suspensión del Mobile World Congress en febrero en Barcelona fue la primera sintonía alarmista que nos puso en sobre aviso acerca del poderío del virus que había aparecido en noviembre en China. Pero se tomó más conciencia colectiva a partir de las distintas suspensiones de acontecimientos deportivos que se fueron concatenando y que ha llevado hasta la supresión de los JJ.OO. de Tokio. Ya cuando, en países como Italia y España y en fase expansiva mundial, el agente biológico está causando estragos, llevándose miles de vidas humanas, rompiendo el proceso económico y productivo al confinar a la población a sus lares. 

Parodiando a Jorge Valdano, muchos han descubierto que el fútbol es lo más importante, pero solo de las cosas menos importantes. Se puede vivir más sin ser espectador deportivo, que sin practicar alguna disciplina física. La escala de prioridades del individuo como sujeto activo son otras más apremiantes, que se derivan de su propia existencia vital. 

En España, el deporte ancestralmente ha servido de tapadera para amagar otras lagunas y déficits democráticos. Política y deporte son campos de actividad a priori plenamente delimitados, ya que sus funciones quedan absolutamente definidas. Sin embargo, con la entronización de banderas hay una deriva por las que se nutre la política de la praxis deportiva.

En los años de dictadura franquista se fomentaron fenómenos sociológicos de conducción de masas distraídas. Así, el pedaleo de Federico Bahamontes por los Alpes franceses, el advenimiento de Ladislao Kubala y Alfredo Di Stéfano, éste último con injerencias política para que jugara con la camiseta blanca, los “lobs” de Manolo Santana y Andrés Gimeno, las canastas de “Nino” Buscató y Emiliano Rodríguez, los puños en las doce cuerdas de Luis Folledo y Fred Galiana, etc. coadyuvaron a atemperar las inquietudes políticas de un país devastado por la incruenta guerra civil que reportó una crisis económica y social.

El 15 de junio de 1977 se celebraron en España las primeras elecciones democráticas presidenciales y se han cumplido más de cuatro décadas de alternancia de gobiernos de derechas y de izquierdas y el deporte no ha podido sacudirse de esta intromisión política. Bien es verdad, que ha nacido un nuevo patriotismo que internacionaliza la circunstancia y pluraliza sus efectos a todo el planeta.

El deporte no tiene exclusivamente una finalidad competitiva; su sola práctica es razón apodíctica de su conveniencia. La actividad deportiva engendra unos valores intrínsecos vitales, cuales son el esfuerzo compartido, el espíritu de superación, la solidaridad con el rival, la alegría grupal, …

Cuando se introduce la política, se destruye la esencia del mismo. Deja en entredicho el espíritu del Barón de Coubertin, de nombre Pierre, al anular los valores más preclaros. En casos extremos, el deportista se convierte en un soldado para una causa doctrinal que no nace en los estadios.    

“Mens sana, corpore sano”, es la locución latina recurrente. La consecución de esta cita, cuyo significado se ha transmutado en favor de la práctica física en lugar de los rezos concebidos en origen, se alcanza con el buen hábito cotidiano. Se consigue el equilibrio necesario para convivir con compañeros de viaje que pueden ser adversarios, pero nunca enemigos. Un principio de “fair play”. O así piensa nuestra pluma.

@albertgilper
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