A bote pronto

El debate del sonido en el fútbol

El ruido se ha instalado en nuestras vidas hasta el punto de oprimir al silencio. El axioma de no por gritar más se tiene más razón ha resultado obsoleto. Es la cultura de los nuevos tiempos, que tan bien encarnan los tertulianos de profesión, que han barrido el contraste de pareceres sereno y reflexivo.

Sobre las retransmisiones deportivas y su evolución en el tiempo escribíamos días pasados de la adaptación de la locución al reclamo actual, que se precisa del registro sonoro alto y sin pausa para captar la atención de la audiencia cada vez más dispersada.

Se inicia una etapa futbolística en que el público será obligatoriamente televidente y sus expresiones solo puedan alcanzar a traspasar la pared doméstica del vecino. No estamos acostumbrados a seguir una retransmisión sin el apoyo sonoro, aunque lo que la locución pespunte resulte obvio a nuestros ojos. Requerimos de la confirmación y seleccionamos aquellas voces más afines a nuestros sentimientos, que prevalecen a otros considerandos de aptitud o profesionalidad.

Se abre un debate acerca de respetar el sonido ambiente, donde es perceptible el golpeo del balón e, incluso, el intercambio de palabras de los protagonistas o incorporar registros enlatados de retransmisiones precedentes para recrear un ambiente más propio del espectáculo televisivo. En la Bundesliga, han optado por esta segunda opción y los resultados han conseguido una aceptación bastante general.  

En estos tiempos de las “fake news”, impostar sonidos puede ser habitual como las risas en las comedias cinematográficas, pero no podemos de dejar pasar la oportunidad de valorar lo auténtico. El realismo de la verdad desnuda.

En LaLiga, el cliente podrá elegir entre el sonido ambiente sin público o sonido ambiente registrado previamente. “Sonido virtualizado” según lo definió el presidente de LaLiga Javier Tebas, que está gestionando el tema con Javier Roures, administrador único de Mediapro.

En este siglo XXI el orden establecido cambió y son los promotores de espectáculos quienes se adaptan a los gestores televisivos, que son quienes tienen el dinero y ello deviene el poder. Imponen fechas, horarios y, en ocasiones, escenarios.  

Hay decisiones que pretenden edulcorar la realidad y así se ensaya con aficionados de cartón piedra para que pueblen las gradas, experiencia de la Bundesliga. O bien, la iniciativa que trabaja el FC Barcelona de colocar quince mil camisetas adquiridas por los aficionados a un precio de 65 euros para ponerlas en los asientos y ser facturada posteriormente a sus destinatarios. Con la finalidad social de que el beneficio vaya a la Fundació FC Barcelona que lo empleará para la investigación del Covid-19.

Cuando el ruido del aficionado no conviene a las Instituciones se combate con más ruido. Verbigracia, las finales donde compiten equipos vascos y/o catalanes donde a las reacciones sonoras de los aficionados se corresponde con el incremento de decibelios de los altavoces oficiales, bajo consigna.

El silencio y el ruido son dos formas de expresión y no siempre antagónicas. Su gestión e intervención engendra riesgos de manipulación. ¿Virtualidad o realismo?, la elección queda en nuestro mando a distancia. O así piensa nuestra pluma.

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