A bote pronto

Valverde víctima de una plantilla impuesta

En nuestro artículo de ayer, nos referimos de soslayo al aprovechamiento de Valverde de los refuerzos concretados para este curso.

No somos partidarios de interferirnos en la labor del entrenador en la selección de los hombres que considera mejores, o más aptos para un determinado partido. Entre otras cosas, porque nadie mejor que él sabe el estado de forma y las circunstancias que rodean a su jugador. Sin embargo, sí podemos apuntar a aquellos datos objetivables que conforman las decisiones del técnico.

En una estructura ideal, la configuración de la plantilla corresponde a la dirección deportiva que, en principio, está mucho más asentada en el organigrama que el entrenador cuyo paso es más circunstancial. Éste debe trabajar con los mimbres que le son ofrecidos y su objetivo es la máxima potenciación de los recursos humanos puestos a su disposición.

En un mundo de urgencias, y en el espectáculo del fútbol prima este factor primordialmente, se subvierte, demasiadas veces, el orden y el técnico reclama a determinados futbolistas que encajan en su concepto y modelo de juego. Ello crea una disfunción latente y otorga unos visos de provisionalidad a proyectos que decaen a las primeras de cambio.

Un entrenador de prestigio, labrado en éxitos computables, difícilmente se somete a la disciplina de un organigrama, cuyos vectores principales se corresponden con nombres menos visibilizados por la opinión pública, por lo que su trabajo, por ímprobo que resulte, será menos valorado.

El nombramiento del entrenador corresponde a esa secretaría técnica, aunque no es inusual que sea el presidente del Club, que muchas veces ha arriesgado su dinero, que fomente la intromisión y que tome decisiones profesionales en las que no tiene acreditados conocimientos. En el caso natural, el director deportivo tiene una ascendencia directa sobre el entrenador, al que ha elegido bajo su responsabilidad. Si existe interferencia presidencial, la relación de técnico y presidente es directa y el cargo de director deportivo queda solapado y ninguneado.

Bajo estas premisas analicemos la situación de Valverde y convengamos que no debe profesar agradecimiento especial a la constantemente renovada dirección deportiva, porque ésta no es responsable de su nombramiento. Se desprende mayor acatamiento que comunión de ideas.

Al “txingurri” le han impuesto más que consultado. En las grandes inversiones, está más de acuerdo con De Jong y Griezmann que con Coutinho y Dembélé y ello se traduce en el rendimiento obtenido.

Llama la atención las otras incorporaciones de menor escala. El ascenso al primer equipo de los canteranos Wagué y Aleñá le fueron impuestos, así como los fichajes de Todibo, Junior y Neto de los que simplemente ha sido informado.

Los cinco futbolistas padecen un grado de postergación muy visible. El caso más sangrante es el de Junior, fichaje de alto coste, treinta millones de euros, y que tenía que ser la alternativa de Jordi Alba.

Frente al Levante, con problemas físicos el catalán, Valverde prefiere apostar jugar con un lateral derecho a banda cambiada y descarta a Junior, no solamente del “once” sino también de la convocatoria final para que vea el partido desde la grada del estadio “Ciutat de València”.

Parece que la alternativa para el puesto de lateral izquierdo está gafada. El anterior director deportivo Pep Segura, el curso pretérito, le impuso al joven canterano Juan Miranda, que tampoco tuvo la confianza del entrenador.

De todo ello se desprende de que cada cual ha de servir desde su destino, pero que resulta imprescindible una mayor conexión para optimizar resultados. Desde que el presidente echó a Andoni Zubizarreta, que tanto disgustó a Luis Enrique. “me siento menos fuerte”, la situación ha ido de mal en peor. Una retahíla de personas, nombradas impulsivamente, han poblado esa dirección deportiva y ninguna con suficiente bagaje técnico para discutirle las decisiones a Ernesto Valverde que presenta un amplio currículo como entrenador de Primera División. O así piensa nuestra pluma.

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