A bote pronto

Los precios del fútbol son inasumibles

En esta era digital y de prevalencia de los medios audiovisuales se está desarrollando el modelo de la presencia virtual, por el cual el aficionado al espectáculo “asiste” desde el sofá doméstico.

Grandes eventos tienen el marco de la pantalla televisiva como gran impulsor, en tanto que el público presencial es mínimo. Ello ha permitido, incluso, establecer veladas de boxeo con campeonatos mundiales en juego en recintos improvisados que responden a auditorios menores de hoteles, cuando antaño se desechaban pabellones específicos para este deporte de las “doce cuerdas” por otros escenarios con aforos abiertos de mayores dimensiones. Más de sesenta mil personas asistieron en el año 1934 al estadio de Montjuïc (ahora remodelado y olímpico) a ver el combate entre Paulino Uzcudun y el gigante Primo Carnera, al que vimos en los años sesenta como luchador de la lucha libre americana en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona.

Los campos de fútbol se han acondicionado para mayor seguridad y acomodo de los espectadores y ello ha menguado su capacidad. El estadio de Maracaná en Brasil fue durante décadas el más grande del mundo y podía albergar hasta 150.000 personas y, en la actualidad, han quedado reducidas a unas 87.000; también el nuevo Wembley londinense rebajó su cabida a unas 90.000 personas.

El estadio del Camp Nou en Barcelona resulta el más grande de Europa, aunque sus 120.000 espectadores se redujeron a los casi 100.000 actuales, en tanto que el estadio Santiago Bernabéu fue rebajado a las poco más de 81.000 personas. Ambos coliseos del fútbol español tienen anunciadas reformas en profundidad que representará un incremento de localidades, que se cifran en unas cuantas miles. Ello va contracorriente de los criterios generales y, también, de las tendencias estadísticas.

Este largo preámbulo viene a colación por las quejas de los aficionados al precio abusivo de las localidades y ello no es un factor único, pero si importante, del progresivo desarraigo del público a la asistencia periódica a los campos de fútbol.

La burbuja del fútbol empieza a tocar techo, tanto por la asistencia directa como por el seguimiento televisivo, que hace que los operadores se plantean la puja por la exclusividad de las retransmisiones, ya necesariamente por canales de pago, pues el “interés general” que preconizaba el ministro del Partido Popular Álvarez Cascos con torpedad manifiesta, dio paso al interés pecuniario.

Los mayores ingresos recibidos por los canales de las plataformas televisivas y por el mundo publicitario se han destinado mayoritariamente a cubrir las exigencias de los protagonistas, creando una inflación de difícil contención.

Cada vez la recaudación por carnets y venta directa de localidades representan un porcentaje menor sobre la facturación total de los clubes. Pongamos el ejemplo del campeón del fútbol español, el FC Barcelona, cuya partida en el balance por estos conceptos no llega a los dos dígitos. A pesar de esa incidencia menor, los precios de las localidades adquieren unas proporciones muy abusivas que declinan, en muchos casos, las opciones de asistencia.

Antaño el fútbol era cosas de hombres (como el slogan de un conocido brandi) y los niños y adolescentes acudían gratis. Hogaño, el balón redondo también interesa al mundo femenino y los infantes ocupan asiento y han de pagar igual bajo la excusa del control de seguridad. Para determinados partidos, algunos clubes ponen un contingente de localidades sin coste para los hijos de los socios. En las familias medias, representa un efecto multiplicador draconiano.

La situación en España es que, regularmente ni Barça ni Madrid colocan el cartel habitual de “no hay billetes”, típico de los difíciles años cincuenta y sesenta. Los argumentos para este conato de fuga están expuestos: Precios desorbitados, horarios a conveniencia de los televidentes, desplazamientos complicados en las grandes orbes y prioridades familiares más plurales y complejas.

Sin ir más lejos, este curso pagamos 120 euros por una localidad a precario, que no permitía la visión de todo el rectángulo de juego en Vallecas, barrio depauperado por la crisis económica, para un Rayo- Barça.

entradaLa Liga de Fútbol Profesional – LFP -, presidida por Javier Tebas, ha de ser un organismo regulador que ponga límites a los precios, pues la gallina de los huevos de oro podría estar próxima a extinguirse.

En las competiciones por eliminatorias, no hay paridad de precios en el grueso de entradas concedidas a la afición rival y ello ocasiona disfunciones. Verbigracia, el Manchester United ha mostrado su malestar al FC Barcelona por los precios al alza de las localidades cedidas para la eliminatoria de cuartos de final de la Champions League a celebrar este próximo mes de abril.

La Premier y la Bundesliga son el ejemplo a seguir. Los precios son mucho más asequibles y los clubes han reglamentado unas localidades por un precio entre 30 y 34 euros para la afición visitante, en un acuerdo que han hecho extensivo hasta el año 2022.

El cemento – o el plástico de los asientos – en muchos campos de España, perjudica, incluso, a la retransmisión televisiva, pues el espectador pasivo se imbuye en la coreografía del encuentro y la expectación decae si el ambiente del escenario no traspasa la pantalla, lo que resta seguimiento. De ahí el “consejo” a los clubes que agrupen a los espectadores en las zonas más propensas al enfoque de las cámaras y la solicitud a los realizadores de que eviten la propensión de imágenes de graderíos desérticos.

En La Premier, los campos están llenos de aficionados. Las cifras oficiales señalan una ocupación media del 96% de los aforos. En la Bundesliga, la orientación es la misma con medidas complementarias en pro de la asistencia, como facilidades y rebajas en los transportes. En ambos casos, la climatología más severa es un factor negativo, mucho más que en España que goza de unas temperaturas más favorables al movimiento ciudadano fuera de la reclusión del hogar.

Los primeros avisos ya se han percibido, tanto en asistencia directa como en audiencias televisivas. Los dirigentes han de tomar nota para buscar soluciones. O así piensa nuestra pluma.

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