A bote pronto

La crisis del Real Madrid en progresión geométrica

La profunda crisis del Real Madrid ocupa portadas en los medios internacionales y sus consecuencias siguen estando en el primer plano de actualidad. En el entretanto, el gran responsable Florentino Pérez hace mutis por el foro

El P.S.G. imitó al Real Madrid y sucumbió con estropicio en el Parque de los Príncipes de París ante un Manchester United que le remontó un 0-2, con el VAR de por medio en la concesión de un penalti al filo del cierre. En esa pláyade de lágrimas, puede auspiciarse cambios de cromos entre ambos.

Resulta inevitable, en una columna de opinión como A Bote Pronto, continuar refiriéndose a la casa blanca al segundo día del estruendoso descalabro padecido en su seno de Chamartin.

Como se corresponde con un Club del historial blanco y su impacto social y político que sobrepasa la dimensión natural deportiva, su trayectoria en positivo o negativo se proyecta en progresión geométrica, con laudos infinitos para el bien y reprobaciones por doquier para el mal.

Su realidad actual es que un cinco de marzo, con casi cuatro meses por delante para finiquitar oficialmente la temporada, al Real Madrid se le han ido al traste todos los objetivos deportivos. Tiene que seguir compitiendo en esa dinámica triste del perdedor para ir pasando las páginas del calendario.

Si ya hace tres lustros que perdió la hegemonía en España ante su eterno rival FC Barcelona, que ya ha revertido en su favor los resultados de los duelos particulares, su competición fetiche, de la que todavía ostenta récords en el ámbito europeo, le ha abandonado en el presente curso a la primera fase de eliminatorias.

El intrincado momento del Real Madrid de este curso tiene secuencias previas que le han abocado a esta crisis. Nos podríamos trasladar al último día de mayo, cuando sorpresivamente y aún en pleno festejos de la Champions League ganada en Glasgow, Zinedine Zidane le expresa a Florentino Pérez su decisión de abandonar la nave madridista: “No veo las cosas tan claras como yo las quiero”.

Zidane sabía las intenciones de su jefe de cambiar la titularidad de la portería, para perjuicio del costarricense Keylor Navas, héroe de los éxitos precedentes. También de mantener bajo la disciplina blanca al galés Bale y prescindir de Cristiano Ronaldo, sin tener recambio de categoría contrastada.

En estos duros momentos para el aficionado madridista, Florentino Pérez hace mutis por el foro y desoye los gritos pasionales que reitera la grada: “Florentino, dimisión, Florentino, dimisión”. Cuenta con el paraguas de su guardia pretoriana, que se corresponden con toda una cohorte de periodistas y medios afines a la causa.

Florentino Pérez se verá obligado a cambiar las prioridades y la inversión prevista para el techo retráctil del estadio emplearlo en una renovación sólida de la plantilla, a la que le ha llegado el cambio de ciclo con incalculable anticipación.

Un Florentino Pérez, de común altivo, que deberá hacer un acto de contrición ante sus parroquianos, aceptando sus múltiples errores concatenados en los últimos tiempos y que también han tenido como damnificado al fútbol español.

En vísperas del Mundial de Rusia, dinamitó la selección llevándose al seleccionador nacional, el cual solo le duró hasta octubre. Con la goleada encajada ante el FC Barcelona por 5-1 en el Camp Nou le llegó al innoble ex empleado de la selección, Julen Lopetegui, la carta de despido fulminante.

Con varias negativas de entrenadores acreditados en el panorama internacional, le quedaron pocas alternativas y se sirvió de la más cómoda, que fue ascender del Castilla a Santiago Solari, cuyo peritaje en el filial había tenido lagunas importantes.

Un Solari que aludió, para estrenarse, a los atributos masculinos para encarar el partido de Copa del Rey ante el modesto Melilla. Con un calendario a favor, pareció que enderezaba el rumbo. Nada más lejos de la realidad. Fue un espejismo que se ha dado de bruces con la cruel realidad.

Este bisoño entrenador está desvalorizando la plantilla con el ostracismo de Isco y Asensio, dos titulares de la selección española y la querencia hacia otros componentes en los que asoman cierta decrepitud deportiva.

La singularidad del caso de Ramos con su tarjeta provocada no tiene desperdicio. Se auto expulsó con displicencia incluso vocera para reservarse fuerzas para la siguiente eliminatoria, ante un rival que les estaba superando en juego, aunque no en los guarismos resultadistas. Fue un desprecio en toda regla hacia los jugadores holandeses que les habían superado en juego, aunque no en los guarismos goleadores.

Mientras los holandeses se resarcían del oprobio deportivo con la excelencia de un fútbol que nos enamoró, Sergio Ramos, en la grada, posaba y se mostraba para un documental pagado. Todo se fue “a norris”, destapando una degradación estructural galopante. O así piensa nuestra pluma.

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