A bote pronto

Fichajes de clubes o donde las dan, las toman

Hasta la época anterior a la democracia, los clubes tenían la sartén por el mango y los futbolistas eran sujetos pasivos en manos de la voluntad de los gerentes de los clubes. Esta querencia tenía el precio fijado de un diez por ciento de incremento de la ficha que debía satisfacer el equipo poseedor de los derechos federativos para renovar anualmente el compromiso.

De esta suerte que el futbolista no era dueño de su destino y quedaba al albur de los intereses de su empresa deportiva. El caso más flagrante, entre tantos, fue el de Quini, delantero y ganador del Trofeo Pichichi que militaba en el Sporting y que tuvo que esperar a cumplir la treintena para que el equipo asturiano permitiera, previo traspaso, fichar por el FC Barcelona, que llevaba años tras su contratación. De oro, pero esclavitud, al fin y al cabo.

La decisión del Tribunal de Luxemburgo cambió para siempre las relaciones laborales de los futbolistas con los clubes. Fue la denominada “Ley Bosman”, que tomó nombre del futbolista belga que llevó su caso ante el organismo europeo y ganó el pleito.

Actualmente en España, los futbolistas tienen un precio que se fija en la llamada cláusula de rescisión, circunstancia diferencial que debe ser objeto de revisión pues no es homologable en otros países. Mediante el pago de una cantidad acordada por las partes, el futbolista obtiene la carta de libertad que le permite negociar su futuro con otra entidad.

Los hechos tergiversan el concepto, pues estas cantidades importantes son adelantadas por el futuro Club para que el trabajador pueda desligarse de sus obligaciones. Ello hace que, en la práctica, en muchas ocasiones, los clubes acaben negociando la operación, atendiendo también intereses de orden fiscal.

La posición débil ha pasado a la parte contratante. Los clubes se la juegan en los contratos de larga duración, pues si el rendimiento no responde a las expectativas, la empresa no recupera la inversión y los costes de fichas y sueldos no se rentabilizan.

Si el rendimiento del futbolista es óptimo y su cotización en el mercado supera los estipendios que percibe, ya se encarga su agente de promover una revisión y buscar equiparaciones favorables con otros miembros de la plantilla. Y el Club acaba transigiendo y renovando al alza las cifras.

En la nueva coyuntura, la amortización contable del futbolista ha de atender a los años firmados. Por ello, si hay un esfuerzo económico considerable se requieren contratos largos, asumiendo el riesgo de fiasco deportivo.

Cuando falta un año, e incluso dos, para la finalización del compromiso, empresa y futbolista tabulan sus intereses económicos, de suerte que tratan de anticipar un nuevo acuerdo o dejan expirar el contrato. Las cartas siempre quedan en favor del trabajador, si no ha triunfado goza de las prebendas de un contrato generoso que exigirá cumplir, pero si el éxito le sonríe fortalece sus exigencias y puede negociar su contrato sin hipotecas de por medio.

En tal caso, los clubes compradores observan una ganga en el mercado y están dispuestos a pagar al futbolista, además de unas cifras altas por la ficha, una “prima de fichaje”, emolumento especial que compensa, para beneficio del jugador, la ausencia de traspaso por negociaciones entre clubes.

En la órbita blaugrana, tres futbolistas juegan sus bazas. Dos franceses, para beneficio de los intereses del FC Barcelona, Adrien Rabiot y Jean Clair Todibo y un tercero, Munir El Haddadi, para su perjuicio, pues observa, inane, que sus propuestas de ampliación de contrato son ignoradas, pues ya tiene acordada una operación con el Sevilla FC que le ligará con el club hispalense y por unas cifras beneficiadas por su llegada sin costes.

Tanto el P.S.G, como el Toulouse y el FC Barcelona han optado por decisiones drásticas, que tienen que ver más con la impotencia de no poder llevar las riendas que con los intereses al corto plazo. Los tres futbolistas que no se han doblegado a la propuesta de renovación han sido apartados del equipo titular.

En el caso de los franceses, cuyo destino al Barça parece definido, perjudica el presente deportivo de sus equipos, que pierden voluntariamente este curso potencial deportivo, si bien entienden que, con su decisión, marca un precedente para evitar otros procederes similares.

En el caso del hispano marroquí, el Barça observa que no puede rentabilizar una baja con un traspaso, tras dos cesiones al Valencia y al Alavés. No hay merma deportiva, pues al futbolista no se le observa nivel deportivo suficiente para estar en una plantilla de campeones tan exigida como la barcelonista.

El Real Madrid ha fichado a Brahim Díaz, malagueño de diecinueve años que militaba en la cantera del Manchester City bajo la supervisión de Pep Guardiola. Ha anticipado cinco meses la contratación y ha negociado satisfacer un traspaso de 17 millones, más 7 de “variables”. La operación prevista tuvo un anticipo para robar portadas al descalabro deportivo y en la presentación el joven ha hecho gala de su amor eterno a la casa blanca.

Ha omitido Brahim, en el acto de presentación donde presumía de un madridismo poco menos que prenatal, que con solo diez años estuvo fichado por el FC Barcelona, con un contrato ya firmado por sus progenitores. Sin embargo, una macro oferta del jeque malaguista hizo solicitar la anulación del contrato a sus padres, llevada a cabo por la magnanimidad de la directiva del Barça que anuló el acuerdo, en su perjuicio y sin contraprestación. Poco después, el niño y los padres quisieron recuperar la senda barcelonista y ya no fue posible.

Hoy por mí, mañana por ti. Los clubes harían bien en establecer un pacto de no agresión que evite la inflación galopante del fútbol en favor de las figuras emergentes que cobran cifras desmesuradas y fuera del contexto de la sociedad.

Una solidaridad entre clubes extensiva en los futbolistas de la cantera, habitualmente “tocados” por los equipos grandes. Cantos de sirena que recogen muchas veces los padres, atraídos por la oferta económica. En esa marejada, todos pesan en aguas territoriales ajenas y los agentes se hacen de oro.

Los clubes caen en la trampa de los futbolistas y sus agentes. Dominadores del mercado, son causantes de la gran inflación del fútbol y sus principales beneficiados. Su libertad contractual conlleva unas cifras millonarias. La competitividad conduce a la insolidaridad entre los clubes y, en esa marejada, los protagonistas obtienen pingües beneficios. O así piensa nuestra pluma.

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