A bote pronto

Luis Enrique y su pecado de soberbia

En nuestra época de álbumes de cromos, las temporadas de fútbol eran más cortas y el dinero,  que ahora corre a espuertas en los principales clubes, escaseaba. Los recursos económicos provenían de la actividad futbolística, siendo los socios, con los abonos, y el público en general pasando por taquilla, prácticamente la única vía de recursos líquidos.

Los ingresos atípicos que ahora llegan de las televisiones y del marketing aún no se habían programado.

Las plantillas se componían, básicamente, de un equipo titular y unos cuantos reservas que se correspondían con noveles futbolistas o veteranos ya de vuelta.

Hoy en día, la película ha cambiado. Los equipos disponen de futbolistas de capacidades similares que doblan las posiciones, sin que sanciones o lesiones deban repercutir en el rendimiento global. Solamente las grandes figuras tienen la etiqueta de insustituibles.

En esa disyuntiva actual, se pusieron de moda las rotaciones que cubren varios objetivos. De una parte, mantiene activa a toda la plantilla y, de otra, también regula las participaciones que evitan un cansancio excesivo y el mayor riesgo de lesiones. En esas situaciones, el intervencionismo del entrenador en la elección de los hombres cobra un mayor protagonismo.

A favor de esta idea y de este comportamiento está el entrenador del FC Barcelona, Luis Enrique, que solo le retuvo el pasado curso la evidencia de unas prestaciones muy diferenciadas a favor de los que tenían el sello de titulares. Este hándicap, el Club lo ha subsanado mediante una inversión de 120 millones de euros que  ha representado una importante renovación.

Estamos a las primeras de cambios y Luis Enrique ha empezado las rotaciones con más precipitación que pauta. En lugar de administrar las variantes, las ha introducido al por mayor y ello ha ocasionado dos derrotas imprevisibles ante el Alavés en el Camp Nou y en Balaídos frente al Celta de Vigo.

“Sostenella y no enmendalla” es la tónica del técnico asturiano, hombre de ideas fijas que, en su obcecación, pierde la razón. Lo más grave es que los cambios nominales de la alineación, lleva consigo modificaciones tácticas por las distintas características de los futbolistas entrantes, por lo que las mutaciones alcanzan otro estadio superior.

Explícitamente otorga la razón a sus detractores, cuando debe cambiar el dibujo  y a jugadores para tratar de arreglar los entuertos provocados. Pasó en el Camp Nou, ante los vitorianos que puso en el campo con posterioridad y sin resultado a su artillería pesada: Iniesta, Suárez y Messi. Y repitió con Iniesta ante el Celta para proyectar una remontada que quedó en el intento.

Alude Luis Enrique a la metáfora manida acerca de lo fácil que es hablar (o escribir) a toro pasado. No sería el caso, las redes sociales se llenaron de comentarios de incredulidad y rechazo cuando a poco más de una hora se supo la alineación del FC Barcelona ante el Celta.

A muchos nos pareció desaconsejable que a un Busquets en horas bajas se le pusiera de acompañantes a André Gomes, recién llegado y con los automatismo del juego en fase de reclutamiento y a Arda Turan que rinde mucho más como atacante, según se desprende de las cifras.  Al portugués le faltaba la velocidad mental y al turco el físico que se requiere para jugar de interior en el equipo blaugrana, como también le ocurriera en el equipo colchonero que no acostumbraba a acabar los partidos siendo cambiado por Simeone.

¿Qué razón había para hacer descansar a Iniesta? Acaso para que fuera más fresco a los partidos internacionales. No se entiende, pues sin Messi, ausencia obligada, aún es el manchego más imprescindible para reconocer el sello de identidad blaugrana. Salió de bombero en la segunda mitad y mitigó parcialmente el fuego.

Cambiar a dos hombres de una línea de tres es excesivo y Luis Enrique no obró con las precauciones debidas, desafiando la goleada encajada en el curso anterior y contribuyendo a su reiteración.

El equipo blaugrana dispuesto por Luis Enrique fue a remolque de juego y marcador, acuciado por los tantos recibidos y angustiados sus hombres por el continuo reciclaje y vaivén ordenado por el técnico y que podemos concretar en la figura de André Gomes que ocupó tres demarcaciones en el mismo partido. Empezó de interior, entre Sergi Roberto y Rafinha y luego ocupó los puestos de Busquets y Mathieu en los cambios improvisados a la desesperada.

Luis Enrique no se arrepiente públicamente de nada, más allá de reconocer la obviedad de que “es el máximo responsable de todo”, que no implica reconocimiento de error, aunque de una forma tácita quedara expuesto.

Era una jornada ideal para ponerse líder y dar un golpe de timón. No aprendió de su primer año en Anoeta que, dándose las mismas circunstancias con el pinchazo previo del Real Madrid, confundió autoridad con autoritarismo. Aquello fue más grave, porque el agraviado era nada más y nada menos, que Leo Messi.

Nada está perdido… ni ganado, pero los errores cuando tienen visos de provocados con impunidad por la mala lectura táctica de los partidos duelen más. O así piensa nuestra pluma.

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